Cosas que sólo haces cuando eres madre

cosas que solo haces cuando eres madre

Una de las primeras lecciones que aprendí cuando me convertí en madre fue la importancia del “nunca digas nunca”.

Durante toda mi infancia he observado perpleja cómo mi madre se enfadaba con mis hermanos y conmigo por cosas de poca importancia para nosotros tales como chincharnos, correr por el pasillo o esconder la comida que no nos gustaba.

Por otra parte, era sorprendente verla interactuar con otras madres cuando nos juntábamos en el parque o alguna casa: contaban hasta 3 cuando no las hacíamos caso, les encantaba peinarnos las cejas con el dedo gordo de la mano, nos daban comida a cascoporro auque no quisiéramos repetir etc… ¡Todas hablaban el mismo lenguaje!.Y, lo peor de todo, era que ¡se venían arriba cuantas más madres (e hijos) nos juntábamos!.

En esa época, yo no lo podía tener más claro, ¡nunca haría lo mismo que mi madre!

Veinte años después (o puede que alguno más), por alguna extraña razón que desconozco, la maternidad me ha empujado a hacer exactamente lo mismo que hacían ellas cuando se juntaban: cebo a mis hijos, cuento hasta tres de forma incasable como amenaza si no obedecen, les riño cuando se chinchan sin parar y me junto con madres para compartir todos estos momentos con un buen café y muchas risas. Vamos, que me he tenido que tragar mis propias palabras con un rotundo ¡zas en toda la boca! Por suerte, todavía no he sentido la necesidad de peinarles las cejas…

Una de las primeras lecciones que aprendemos las mujeres cuando nos convertimos en madres es la importancia del “Nunca digas nunca”. Durante toda mi infancia he observado perpleja cómo mi madre se enfadaba con mis hermanos y conmigo por cosas de poca importancia para nosotros tales como chincharnos, correr por el pasillo o esconder la comida que no nos gustaba. Por otra parte, era sorprendente verla interactuar con otras madres cuando nos juntábamos en el parque o alguna casa: contaban hasta 3 cuando no las hacíamos caso, les encantaba peinarnos las cejas con el dedo gordo de la mano, nos daban comida a cascoporro auque no quisiéramos repetir etc... ¡Todas hablaban el mismo lenguaje!.Y, lo peor de todo, era que ¡se venían arriba cuantas más madres (e hijos) nos juntábamos!. En esa época, yo no lo podía tener más claro,¡nunca haría lo mismo que mi madre! Veinte años después (o puede que alguno más), por alguna extraña razón que desconozco, la maternidad me ha empujado a hacer exactamente lo mismo que hacían ellas cuando se juntaban: cebo a mis hijos, cuento hasta tres de forma incasable como amenaza si no obedecen, les riño cuando se chinchan sin parar y me junto con madres para compartir todos estos momentos con un buen café y muchas risas. Vamos, que me he tenido que tragar mis propias palabras con un rotundo ¡zas en toda la boca! Por suerte, todavía no he sentido la necesidad de peinarles las cejas…

Con el propósito de compartir todas esas cosas que hemos aprendido de nuestras madres, hace unas semanas me junté con Érase Un Lugar y Sólo Somos 13, dos super mamás a las que admiro y adoro en la misma proporción. El resultado lo puedes apreciar tú misma en este vídeo que grabé de forma improvisada en el que se ve claramente que risas y buen rollo nunca nos faltarán porque …

¡ser madre es genial y compartirlo con otras madres

hace que sea todavía más divertido!

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